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Mostrando entradas de 2017

Atraco II

Estaba cerca de la puerta, así que los siguió, vio como entraban en un coche que tomó dirección sur y que se perdió en el tráfico. El resto de la clientela no fue tan rápida, cuando los primeros salieron ya no había rastro del vehículo, ¿los ha visto?, preguntó el primero que llegó a su altura, si, contestó, hemos llamado a la policía, rápido, ¿por donde han ido?, preguntó otro, señaló al norte, en un Seat azul, dijo, ¿ha visto la matrícula?, no, dijo él, no, dijo el otro al teléfono, ¿que modelo?, insistió, no sé, titubeó un poco, vamos, le inquirió, un Ibiza, un Ibiza, repitió el otro. Todos volvieron dentro menos él, que se escabulló inmediatamente terminó la conversación, a lo lejos se oía una sirena. Pasó el resto de la tarde escrutando el sur de la ciudad, buscando un Peugeot 208 blanco con una matrícula en la que figuraban unas letras y números que recordaba perfectamente. El día había sido divertido.

Atraco I

Nunca había entrado en ese local, pero ahora, que disponía de tiempo, se había propuesto explorar la ciudad y conocer nuevos restaurantes. Así que, de una forma metódica, día a día rastreaba cada rincón y cada semana escogía uno para una pequeña consumición, ningún dispendio importante. Podría haber usado las nuevas tecnologías, pero le resultaba más excitante el descubrimiento casual. Y fue así como entró en el local, se acomodó en la barra, pidió una tapa y cerveza y al mirar hacia la puerta la vio entrar. Nunca le había pasado, pero el estómago le dio un vuelco, capucha, gafas de sol, piernas largas, una barbilla preciosa, y, sobre todo, una voz sensual, no entendió que dijo a su acompañante cuando la rozó, sólo prestó atención al susurro de su voz. Lo que pasó inmediatamente fue que se vio inmerso en un atraco, un individuo con gafas de sol y capucha atrancó la entrada mientras otro gritaba, esto es un atraco, sin dejar de encañonarlos. Con la mirada la buscó y, ante su sorpresa...

Extraña telequinesia

Todavía quedaban carteles por el barrio del pequeño desaparecido hacía unos meses. Castaño, ojos pardos, sonrisa radiante y seis añitos, vestía pantalón vaquero y camiseta amarilla pálida, zapatillas de deporte y una mochila de Bob Esponja. En el bar que estaba enfrente del parque en el que desapareció raro era el día en que no se hablaba del niño. El dueño afirmó en alguna ocasión que creyó verlo junto a los columpios en aquellos raros momentos en el que podía tomarse un respiro, junto a él el jardinero , la última persona con la que fue vista, con el sombrero de paja y el chubasquero verde. En otra ocasión contó que incluso llegó a salir del bar, pero que, como otras veces, el niño no estaba. En cualquier caso, a algunos, muchos, se les ponía la piel de gallina cuando el tabernero contaba esa historia, que a los más les parecía verosímil y a los menos sencillamente un cuento. Eso le hizo popular y atrajo a numerosos curiosos. Por eso, al principio, cuando esa tarde se quedó clavado...

Ley de la Felicidad II

Sentada en la escalera de su portal y con las sienes en sus manos, lloraba. Sola. Los transeúntes la miraban con desconfianza por su porte astroso, tenía el pelo revuelto y vestía con bata y zapatillas de andar por casa. Tenía un ojo amoratado y un hilillo de sangre seca le ensuciaba los labios. Su hija, su pequeña..., su adicción, eso que no quería nombrar, la había cambiado de tal forma que no era más que una extraña. Había agotado su sufrimiento y, por último, hacía ya meses que había llegado a la agresión física, su pequeña. No podía más, que Dios no te cargue con todo aquello que puedas soportar. Resuelta se dirigió a la comisaría. Había oído hablar de la Ley de la Felicidad y decidió solicitar su aplicación. En comisaría contó su caso y el funcionario que la atendió cogió el teléfono y le dijo a alguien al otro lado, sí, otro aborto retroactivo. Inmediatamente una patrullera aullaba con las luces encendidas en dirección a su casa seguida por un equipo de limpieza, a ella la ...

Ley de la Felicidad I

El diputado, que no era precisamente un gran orador, blandía sus papeles en alto mientras gritaba en dirección a la oposición. Sí, decía, ustedes le están robando la felicidad al pueblo, sí, repitió, le están robando la felicidad al pueblo que dicen defender. El pataleo de la bancada opositora acalló los rumores de aprobación de sus correligionarios. Alguien del público intentó mostrar una pancarta, pero fue reducido rápidamente y sacado a rastras del hemiciclo después de que la presidenta del congreso llamara al orden. El diputado sorbió un poco de agua y ya más calmado, pero no con menos convicción, continuó con una pregunta retórica, ¿o no tenemos todos, yo mismo me incluyo, derecho a ser felices? Gestos de desprecio y de aprobación se repartían a partes casi iguales. Nadie permanecía indiferente. Después de una pausa teatral continuó con sus interrogantes, ¿por qué tenemos que ser distintos a los países de nuestro entorno?, ¿por qué nuestros ciudadanos no pueden tener, qué digo, ...

El aventurero

Cuando la abuela murió corrió inmediatamente a su casa a rebuscar entre sus cosas para hacerse con el cofre de su lejano tío-abuelo Tomas, el Aventurero, eran tantas las historias que le había contado desde niño... La abuela, que no entendía su fascinación por esa mala persona que pudría todo lo que tocaba, le advirtió a menudo que nunca lo abriera. Cuando por fin lo tuvo en sus manos se sintió un poco defraudado, apenas era una caja de zapatos, no obstante, la abrió y su único contenido era lo que parecía un diario. Le temblaban las manos cuando lo extrajo y su excitación aumentó cuando el único contenido de la primera página era un rotundo Muerte, ¡me cago en tus muertos!, escrito con unas letras firmes que ocupaban el ancho de la hoja. Se alejó del duelo en cuanto pudo y comenzó a leer lo escrito. Efectivamente, había estado en el Machu Pichu, buscado oro en Alaska, cazado elefantes en el África francesa, sido segundo oficial de un ballenero, mercenario en la guerra de los Boer y,...

El parque

El anciano se acercó al banco como cada tarde desde hacía aproximadamente un mes y se detuvo, miró al otro abuelo, que como siempre ya estaba sentado en medio del banco, y con un movimiento de cabeza le pidió que le hiciera sitio, entonces el otro se echaba a un lado y dejaba espacio para que el recién llegado tomara asiento. Pasaba un buen rato, como cada día, antes de que uno de los dos, siempre el mismo, rompiera ese silencio tan reconfortante, su nieto tiene cada día la cabeza más gorda, decía, luego sonreía maliciosamente. Si alguien pasaba en ese momento cerca del banco, miraba con extrañeza al viejo que hablaba solo.

Amor

Entró en el salón y la vio dormida en el sofá, el pelo le cubría parte de la cara, el pecho subía y bajaba relajado acompasadamente, los labios entreabiertos... esa boca preciosa. La miró largo rato recordando a la mujer que tanto había amado, luego salió del salón y carraspeó tan fuerte como pudo, hasta que se hizo daño en la garganta.

Telepatía

Llevaba un buen rato sentado viendo la televisión. Cuando iba a levantarse la chica del anuncio le dijo con voz sugerente: Hummm... ¿a que te apetece? Y él se levantó gritando: ¡No me leas la mente!

El diablo

Devuélveme la vida, le dijo en voz alta mientras los abogados se miraban en silencio. Acababan de sentarse, cada parte frente a frente, los separaba una brillante mesa de caoba con incrustaciones de madera de naranjo y, tras los saludos de rigor de los abogados, esa fue la primera frase dicha. El soltó un resoplido y se levantó de la silla, antes de salir la miró con una sonrisa de asco y le respondió ni lo sueñes. Los abogados se marcharon y ella permaneció sentada, sola y sin vida.

Amnesia

Algunos dirán, y no les faltará parte de razón, que salté de la ventana del hospital a causa de mi amnesia, pero sentía curiosidad. Según dicen, mientras se va cayendo, toda tu vida pasa por delante de tus ojos, y ese es el motivo, recordar. Pero creo que con esto de grabar mis pensamientos no me va a.

El informe

Sentado ante el ordenador se enfrentaba al informe en blanco. No podía dejar de recordar la pobreza, desolación y muerte que había presenciado ese día. Pensaba en la fragilidad de la vida, en cómo un hecho intrascendente y bienintencionado podía desencadenar lo qué será considerado el mayor y más horrendo crimen del siglo. Tomó aire y la resolución de alejar su mente de la experiencia vivida y reseñar sólo los datos fríos y precisos, comenzó con los nombres, direcciones, fecha, hora y demás tarea burocrática. Cuando llegó al espacio reservado a los hechos fue conciso y directo, no se extendió y, por fin, terminó el informe. Se tomó unos segundos, releyó lo escrito y, por fin, exclamó: ¡me ha salido cojonudo!    

La ventana

Asomada a la ventana veía el mercante en el horizonte seguir un rumbo impreciso, una gaviota se zambullía buscando un pez descuidado atraído por la luz, un pequeño velero se balanceaba al pairo mecido suavemente por el vaivén de la marea y el sol comenzaba a teñir el cielo de rojo anaranjado. A su espalda descendía el murmullo de los visitantes, pensó, como siempre, en volverse, pero miró de reojo y sobre la mesa continuaba el libro abierto, el gramófono y sus gafas de montura fina, suspiró de pereza y se dijo mañana. Las luces se fueron apagando y ella continuó asomada a la ventana, había pasado mucho tiempo, ya no se sentía igual de joven y la curiosidad por saber que ocurría a su espalda se iba apagando.

Pero, ¿lleva o no lleva emulsionante?

Debo decidir, pensé mientras al otro lado del salón mi hermano blandía un cuchillo trinchador y mi cuñado lo amenazaba con una botella de lo que antes fue un Pingus crianza del 2004. La familia, en silencio, contemplaba la escena mientras una porción de aire de lima  flotaba y se posaba suavemente sobre el mantel de algodón egipcio manchado de aroma de frutos rojos licorosos ligeramente ahumados y un elegante aroma de pimienta. ¡Retíralo! gritó mi cuñado histérico con su característico timbre agudo, fue entonces cuando mi hermano lanzó la primera cuchillada y ya supe que hacer: estuve grabando hasta que la sangre tapó la cámara de mi Vertu Aster Diamonds Red Alligator.

El piloto

Debo decidir, dijo Paquito Azorín a su copiloto que, como si no ocurriese nada, miraba sin esperanza al vacío, aterrizar en ese campo de trigo o intentar llegar al aeropuerto de Sevilla. Paquito sintió el estremecimiento del avión cuando el último motor dejó de funcionar, con resolución tiró los auriculares al suelo y exclamó con voz alta y clara: ¡que sea lo que Dios quiera!, no me ha abandonado en cuarenta años y no lo va a hacer ahora. Todos se volvieron a mirarlo y su hija, desde el sofá, no pudo contener una lágrima.