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Extraña telequinesia

Todavía quedaban carteles por el barrio del pequeño desaparecido hacía unos meses. Castaño, ojos pardos, sonrisa radiante y seis añitos, vestía pantalón vaquero y camiseta amarilla pálida, zapatillas de deporte y una mochila de Bob Esponja.
En el bar que estaba enfrente del parque en el que desapareció raro era el día en que no se hablaba del niño. El dueño afirmó en alguna ocasión que creyó verlo junto a los columpios en aquellos raros momentos en el que podía tomarse un respiro, junto a él el jardinero, la última persona con la que fue vista, con el sombrero de paja y el chubasquero verde. En otra ocasión contó que incluso llegó a salir del bar, pero que, como otras veces, el niño no estaba. En cualquier caso, a algunos, muchos, se les ponía la piel de gallina cuando el tabernero contaba esa historia, que a los más les parecía verosímil y a los menos sencillamente un cuento. Eso le hizo popular y atrajo a numerosos curiosos.
Por eso, al principio, cuando esa tarde se quedó clavado en la barra mirando a la calle y diciendo que un niño pequeño lloraba al otro lado de la acera, castaño, de unos seis años, camiseta y vaqueros y una mochila de dibujos animados, la mayoría lo miraba más a él pensando que estaba escenificando de nuevo su historia dando un nuevo giro teatral. Cuando saltó por encima de la barra casi todos lo siguieron.
El niño lloraba y señalaba hacia un lugar del parque en el que, medio oculto tras unos arbustos, un individuo con sombrero de paja y chubasquero verde los observaba. Esta vez la reacción fue inmediata, todos corrieron hacia él en medio de imprecaciones que harían sonrojar a una striper, el primero el tabernero.
El asunto se resolvió de manera más bien decepcionante, se trataba de un guiñapo, un espantapájaros apestoso cubierto de harapos, vaya mierda, dijo uno. Los aguerridos exploradores volvieron entre decepcionados y aliviados a consolar al pequeño, pero ya no estaba. Esto daría, tal vez, para muchas historias más. O no.
El caso es que al regresar comprobaron que habían vaciado la caja registradora y que a la mitad de los parroquianos les faltaba la cartera.

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Siempre trató de ser moderado en todo, en el trabajo, en el placer, en el deporte..., fue prudente en las discusiones, vistió de modo sencillo, nunca se emborrachó y prefería ayunar a saciarse. Jamás sobrepasó el límite de velocidad, ni se pasó un semáforo en rojo. Nunca gritó, ni dio un portazo. Tampoco estuvo eufórico, ni deprimido. Por no molestar, nunca tuvo una idea propia. Las últimas Navidades, en la oficina, los compañeros comenzaron a bailar, peor que mejor, bachata, él se escondió en un armario y no volvió a salir. Nadie se dio cuenta.