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Entradas

Por un baile

Siempre trató de ser moderado en todo, en el trabajo, en el placer, en el deporte..., fue prudente en las discusiones, vistió de modo sencillo, nunca se emborrachó y prefería ayunar a saciarse. Jamás sobrepasó el límite de velocidad, ni se pasó un semáforo en rojo. Nunca gritó, ni dio un portazo. Tampoco estuvo eufórico, ni deprimido. Por no molestar, nunca tuvo una idea propia. Las últimas Navidades, en la oficina, los compañeros comenzaron a bailar, peor que mejor, bachata, él se escondió en un armario y no volvió a salir. Nadie se dio cuenta.
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Recordar un río

Intentó mirar el lecho del río por última vez, pero le resultó imposible, todo se movía arriba y abajo convúlsamente. Me pareció que quiso cerrar los ojos en un último intento de recordarlo, pero claro, sólo se trataba de un pez.

Atraco II

Estaba cerca de la puerta, así que los siguió, vio como entraban en un coche que tomó dirección sur y que se perdió en el tráfico. El resto de la clientela no fue tan rápida, cuando los primeros salieron ya no había rastro del vehículo, ¿los ha visto?, preguntó el primero que llegó a su altura, si, contestó, hemos llamado a la policía, rápido, ¿por donde han ido?, preguntó otro, señaló al norte, en un Seat azul, dijo, ¿ha visto la matrícula?, no, dijo él, no, dijo el otro al teléfono, ¿que modelo?, insistió, no sé, titubeó un poco, vamos, le inquirió, un Ibiza, un Ibiza, repitió el otro. Todos volvieron dentro menos él, que se escabulló inmediatamente terminó la conversación, a lo lejos se oía una sirena. Pasó el resto de la tarde escrutando el sur de la ciudad, buscando un Peugeot 208 blanco con una matrícula en la que figuraban unas letras y números que recordaba perfectamente. El día había sido divertido.

Atraco I

Nunca había entrado en ese local, pero ahora, que disponía de tiempo, se había propuesto explorar la ciudad y conocer nuevos restaurantes. Así que, de una forma metódica, día a día rastreaba cada rincón y cada semana escogía uno para una pequeña consumición, ningún dispendio importante. Podría haber usado las nuevas tecnologías, pero le resultaba más excitante el descubrimiento casual. Y fue así como entró en el local, se acomodó en la barra, pidió una tapa y cerveza y al mirar hacia la puerta la vio entrar. Nunca le había pasado, pero el estómago le dio un vuelco, capucha, gafas de sol, piernas largas, una barbilla preciosa, y, sobre todo, una voz sensual, no entendió que dijo a su acompañante cuando la rozó, sólo prestó atención al susurro de su voz. Lo que pasó inmediatamente fue que se vio inmerso en un atraco, un individuo con gafas de sol y capucha atrancó la entrada mientras otro gritaba, esto es un atraco, sin dejar de encañonarlos. Con la mirada la buscó y, ante su sorpresa...

Extraña telequinesia

Todavía quedaban carteles por el barrio del pequeño desaparecido hacía unos meses. Castaño, ojos pardos, sonrisa radiante y seis añitos, vestía pantalón vaquero y camiseta amarilla pálida, zapatillas de deporte y una mochila de Bob Esponja. En el bar que estaba enfrente del parque en el que desapareció raro era el día en que no se hablaba del niño. El dueño afirmó en alguna ocasión que creyó verlo junto a los columpios en aquellos raros momentos en el que podía tomarse un respiro, junto a él el jardinero , la última persona con la que fue vista, con el sombrero de paja y el chubasquero verde. En otra ocasión contó que incluso llegó a salir del bar, pero que, como otras veces, el niño no estaba. En cualquier caso, a algunos, muchos, se les ponía la piel de gallina cuando el tabernero contaba esa historia, que a los más les parecía verosímil y a los menos sencillamente un cuento. Eso le hizo popular y atrajo a numerosos curiosos. Por eso, al principio, cuando esa tarde se quedó clavado...

Ley de la Felicidad II

Sentada en la escalera de su portal y con las sienes en sus manos, lloraba. Sola. Los transeúntes la miraban con desconfianza por su porte astroso, tenía el pelo revuelto y vestía con bata y zapatillas de andar por casa. Tenía un ojo amoratado y un hilillo de sangre seca le ensuciaba los labios. Su hija, su pequeña..., su adicción, eso que no quería nombrar, la había cambiado de tal forma que no era más que una extraña. Había agotado su sufrimiento y, por último, hacía ya meses que había llegado a la agresión física, su pequeña. No podía más, que Dios no te cargue con todo aquello que puedas soportar. Resuelta se dirigió a la comisaría. Había oído hablar de la Ley de la Felicidad y decidió solicitar su aplicación. En comisaría contó su caso y el funcionario que la atendió cogió el teléfono y le dijo a alguien al otro lado, sí, otro aborto retroactivo. Inmediatamente una patrullera aullaba con las luces encendidas en dirección a su casa seguida por un equipo de limpieza, a ella la ...

Ley de la Felicidad I

El diputado, que no era precisamente un gran orador, blandía sus papeles en alto mientras gritaba en dirección a la oposición. Sí, decía, ustedes le están robando la felicidad al pueblo, sí, repitió, le están robando la felicidad al pueblo que dicen defender. El pataleo de la bancada opositora acalló los rumores de aprobación de sus correligionarios. Alguien del público intentó mostrar una pancarta, pero fue reducido rápidamente y sacado a rastras del hemiciclo después de que la presidenta del congreso llamara al orden. El diputado sorbió un poco de agua y ya más calmado, pero no con menos convicción, continuó con una pregunta retórica, ¿o no tenemos todos, yo mismo me incluyo, derecho a ser felices? Gestos de desprecio y de aprobación se repartían a partes casi iguales. Nadie permanecía indiferente. Después de una pausa teatral continuó con sus interrogantes, ¿por qué tenemos que ser distintos a los países de nuestro entorno?, ¿por qué nuestros ciudadanos no pueden tener, qué digo, ...