El diputado, que no era precisamente un gran orador, blandía sus papeles en alto mientras gritaba en dirección a la oposición. Sí, decía, ustedes le están robando la felicidad al pueblo, sí, repitió, le están robando la felicidad al pueblo que dicen defender. El pataleo de la bancada opositora acalló los rumores de aprobación de sus correligionarios. Alguien del público intentó mostrar una pancarta, pero fue reducido rápidamente y sacado a rastras del hemiciclo después de que la presidenta del congreso llamara al orden.El diputado sorbió un poco de agua y ya más calmado, pero no con menos convicción, continuó con una pregunta retórica, ¿o no tenemos todos, yo mismo me incluyo, derecho a ser felices? Gestos de desprecio y de aprobación se repartían a partes casi iguales. Nadie permanecía indiferente.
Después de una pausa teatral continuó con sus interrogantes, ¿por qué tenemos que ser distintos a los países de nuestro entorno?, ¿por qué nuestros ciudadanos no pueden tener, qué digo, disfrutar de una ley pensada para la felicidad?
Al cabo la ley fue votada y aprobada por un estrecho margen.
Los ciudadanos ya tenían el derecho a olvidar sus malos momentos, a olvidar a sus parejas en un divorcio, a olvidar la muerte de un ser querido, a olvidar un despido en el trabajo, a olvidar un desengaño, un desencuentro, una traición... a ser felices.
En cualquier caso, el desarrollo del reglamento prometía ser muy interesante.
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