El anciano se acercó al banco como cada tarde desde hacía aproximadamente un mes y se detuvo, miró al otro abuelo, que como siempre ya estaba sentado en medio del banco, y con un movimiento de cabeza le pidió que le hiciera sitio, entonces el otro se echaba a un lado y dejaba espacio para que el recién llegado tomara asiento.Pasaba un buen rato, como cada día, antes de que uno de los dos, siempre el mismo, rompiera ese silencio tan reconfortante, su nieto tiene cada día la cabeza más gorda, decía, luego sonreía maliciosamente.
Si alguien pasaba en ese momento cerca del banco, miraba con extrañeza al viejo que hablaba solo.
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