Sentado ante el ordenador se enfrentaba al informe en blanco. No podía dejar de recordar la pobreza, desolación y muerte que había presenciado ese día. Pensaba en la fragilidad de la vida, en cómo un hecho intrascendente y bienintencionado podía desencadenar lo qué será considerado el mayor y más horrendo crimen del siglo.
Tomó aire y la resolución de alejar su mente de la experiencia vivida y reseñar sólo los datos fríos y precisos, comenzó con los nombres, direcciones, fecha, hora y demás tarea burocrática. Cuando llegó al espacio reservado a los hechos fue conciso y directo, no se extendió y, por fin, terminó el informe.
Se tomó unos segundos, releyó lo escrito y, por fin, exclamó: ¡me ha salido cojonudo!

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