Cuando la abuela murió corrió inmediatamente a su casa a rebuscar entre sus cosas para hacerse con el cofre de su lejano tío-abuelo Tomas, el Aventurero, eran tantas las historias que le había contado desde niño... La abuela, que no entendía su fascinación por esa mala persona que pudría todo lo que tocaba, le advirtió a menudo que nunca lo abriera.Cuando por fin lo tuvo en sus manos se sintió un poco defraudado, apenas era una caja de zapatos, no obstante, la abrió y su único contenido era lo que parecía un diario. Le temblaban las manos cuando lo extrajo y su excitación aumentó cuando el único contenido de la primera página era un rotundo Muerte, ¡me cago en tus muertos!, escrito con unas letras firmes que ocupaban el ancho de la hoja.
Se alejó del duelo en cuanto pudo y comenzó a leer lo escrito. Efectivamente, había estado en el Machu Pichu, buscado oro en Alaska, cazado elefantes en el África francesa, sido segundo oficial de un ballenero, mercenario en la guerra de los Boer y, por fin, hacendado en Australia.
Pero siempre estuvo solo, cualquier persona a la que le tuvo aprecio murió en algún accidente de lo más diverso.
Conforme avanzaba en la lectura el dolor mostrado era cada vez más intenso y mayor su soledad autoimpuesta, su carácter uraño y su fingida misantropía. Su última anotación ocupaba también toda la página, pero fue escrita con pulso tembloroso y letra pequeña, he aprendido la lección, decía. Se cuenta que murió años después sepultado en la grieta que ocasionó un terremoto en Java occidental, pero eran habladurías y a nadie le importó.
Inmediatamente quemó el diario, el cofre y se maldijo por no haber escuchado su abuela.
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