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El piloto

Debo decidir, dijo Paquito Azorín a su copiloto que, como si no ocurriese nada, miraba sin esperanza al vacío, aterrizar en ese campo de trigo o intentar llegar al aeropuerto de Sevilla. Paquito sintió el estremecimiento del avión cuando el último motor dejó de funcionar, con resolución tiró los auriculares al suelo y exclamó con voz alta y clara: ¡que sea lo que Dios quiera!, no me ha abandonado en cuarenta años y no lo va a hacer ahora. Todos se volvieron a mirarlo y su hija, desde el sofá, no pudo contener una lágrima.

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Por un baile

Siempre trató de ser moderado en todo, en el trabajo, en el placer, en el deporte..., fue prudente en las discusiones, vistió de modo sencillo, nunca se emborrachó y prefería ayunar a saciarse. Jamás sobrepasó el límite de velocidad, ni se pasó un semáforo en rojo. Nunca gritó, ni dio un portazo. Tampoco estuvo eufórico, ni deprimido. Por no molestar, nunca tuvo una idea propia. Las últimas Navidades, en la oficina, los compañeros comenzaron a bailar, peor que mejor, bachata, él se escondió en un armario y no volvió a salir. Nadie se dio cuenta.